05/12/2006
Quijote de medianoche por Eloy Caloca
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En algún lugar entre manchas "Calló en diciendo esto el cautivo" Caminaba por las villanías de Peralvillo, resocoldo de afrentas de asfalto y polvos invisibles. No se vislumbraba, más allá de su descripción breve, enjuto de rostro y carnes que se adentraban en su tórax. ¿Qué palidez vuestra merced tendrá en buscar este pobre hombre?, dijese el oidor a sus hijos, que en hogazas de Bimbo vislumbraran en la ventana la estirpe maltrecha del letargado caballero. ¿Estaré loco, ha de ser acaso una minuta infernal de mi propia muerte? Decía perturbado el oidor desde la mesa de su posada de interés social. Los brahamidos de un gigante que se avecinaba hicieron huir al hidalgo envuelto en ollín. Pasaba. Rojo, albino en el fondo, acompañado de cuatro ruedas magnánimas y un grito..."Fijáros, guey, por donde habéis de andar". A su lado, un pobre diablo. Un enbocolado enano vivaz, siempre callado, siempre expectante, teñido de payaso el rostro, cargando cuatro naranjas de malabar nocturno. Y sonriendo a los niños de la hogaza y dejando la pesadilla del oidor, tomó su tea en llamas y entre un buche de thinner se lanzaba a la proeza, entre monstruos de Colonia La Malinche y ninfas de esquina. Escupiendo fuego, dejando escurrir a través de la barba un rescoldo de combustible y tristeza de campoazul de la pradera de Ilhuilcamina, donde tal vez había nacido. Y esta es la historia de un Hidalgo, uno más, entre tantos caballeros singuencezcos, quevedezcos o cervantinos, caminando cuan almas flotantes, entre un metro almidonado de sueños y un aire de violencia oscura, en la ciudad de la esperanza, de cuyo nombre no quiero acordarme. |