05/10/2004
Dos años después Dulcinea recuerda el quimérico romance de su amante Don Quijote por Paco el manchego
|
|
Señor don Quijote de la Mancha. Por mi desconcierto, no me atrevo pedir disculpa por la insolencia mía, aunque aprovechar debo por la tregua concedida de luenga duración, agradecer el esfuerzo que debió hacer, borrando de su mente y corazón, cuanto de Dulcinea inspiraba con alborozo e ilusión. Hoy pude ser la correspondencia, noticia insolente a sus cabales y más, al saber de su restablecido estado de salud o tal vez ahora ya no pueda recordarme. Sólo deseo agradecer la dedicación y atenció prestada a fondo perdido por mí, pese a ocurrir en su ya olvidado desvarío. Situación al buen fin que en mí, dañó lo curable. Quizá no debí anunciarle con tanta frialdad la idea del suicidio y por ello cesó en la lluvia de frases que hoy deambulan en mi mente, sufriendo la carencia de ver aquel caudal tan grande, hoy vacío. Francamente, después de mucho meditar la razón que en mí siempre se hizo locura de amor, afectando al cerebro que entonces no concebía. Sólo desaprobaba su gentil palabrería. Hoy, cuando a que conozco y convivo dos años con quien ilusioné mi debilidad y expuse mi encanto como si tratase de promoción de amor, al creer fuese justa causa de legítimo compromiso y bien llegado deleite del mozo que le anuncié. Ahora resisto día a día la sequía de aquellas frases, que del cielo sobre mí caían. El mal hacer que yo tanto reproché, hoy llaga escalfando en lugar de crepúsculo por inolvidable idolatría. Sinceramente él es muchacho de facultad boticaria y tiene cuanto una moza casadera pueda anhelar. Sin embargo, mi señor, es menguado de frases, su vocabulario es escueto y reducido. Únicamente aflora en su boca la normalidad que compite el entorno. En él no existe idealismo de romance alguno, no es en el amor como usted lo definía. Cuando las flores en valles sin jardines veía y las cogía y me las entregaba. Aquella fantasía dibujada en su locura y sus versos, era el autentico pórtico de una gloria y yo no lo creía, incluso lo odiaba y lo maldecía. Ahora seré yo la loca, señor. Necesito de su sabio consejo por el aliento esquivado que en mí se introducía y ahora es necesario, como el agua que se ha de beber y es derramada en acequia corrompida. Dulcinea del Toboso Francisco Gutierrez 04/10/2004 Ciudad Real |