23/09/2004
Carta de Dulcinea a ese que se hace llamar Don Quijote de la Mancha por Paco el manchego
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Señor don Quijote, como hace llamarse en su desvario. Aunque si bien siempre lo he conocido por Alonso Quijano, respetable ciudadano, a quien en cierto modo he contemplado con valor de erudito, reputación de caballero en frecuentado encierro y señor de su hacienda. Hoy, señor como se llame, desde el comienzo de su locura está haciéndome sentirme desdichada e injuriada, contraviniendo mi estima a singular proeza. Son alabanzas exaltaciones de mísero amante, en la pasión que de mi hace eco en todos los rincones de Mancha...Son ruidos de arcabuces, ríos de mentiras y enredos de perturbado. La terquedad con que quiebra la honra y belleza mía, no es si no originario de ambiente teatral, con la sensación de cómico. El amante hace desastrosa representación y no convence a nadie, sólo se conquista así mismo. Está haciendo infame replica del pensamiento mío. Jamás puedo ser la estampa dibujada a juicio y semejanza de hombre en sus cabales. Va invadiendo con dicha rancia del yo soy yo, la idiosincrasia que en mi calcina el alma del caballero Don Quijote. Tampoco es mi pañuelo su estandarte en las batallas, ni seré jamás el pórtico de su alcanzada gloria. Me he dignado concederle el manifiesto de repulsa, como si tratase de un portazo. Mas que otra cosa con el fin de amojonar y acotar el campo de yermas batallas ofrendadas a mi ornato. Porque no es dicho jamás de caballero andante, obcecarse en la sin razón de invisible sendero, ni mantener opositor romance, porque estando sólo en ideas secas como el esparto, nada pesa en la taleguilla del amor, es llenar de agua un saco de arpillera o empujar el aire a soplos. No son jardines cuanto se ve, ni castillos las ventas, tampoco Aldonza es princesa, si no parida de madre soltera, con quien me compara y me convierte en ramera. No, señor Don Quijote, no, los aromas que de mi le llegan son movimientos de sus sesos fabricando el revés de turbia demencia. Es usted menguado de razón en la pérdida de control que caso así requiere. Deje soñar y desvariar por quien le aborrece. Y ruegote señor en nombre de lo más divino, cese de una vez para el bien de quien ha cegado. Y si debo agradecer la deferencia que en tan fiel dicha lo ha transportado a mi donaire, lo haré y olvidaré, al comprender de buena fe, el detalle con que ha engalanado su caminar con la mía figura. Porque jamás en mí podrá madurar fruta provechosa de usted, únicamente conseguirá si continua obcecado en su barbecho aumentar la tragedia y la razón de odiarlo. Espero pueda comprender no sea yo adecuada anfitriona, quien como en palacio y de titulo princesa, reciba la humillación de cuantos generales vaya por ahí venciendo, debiendo después de su derrota caer hincados de rodillas a mis pies y entregándome la espada que usted ha derrotado en dudosa batalla. Sin más que añadir, espero en la honra que merezco, surta efecto el éste manifiesto. Dulcinea del Toboso |