27/09/2004
Segunda carta de Dulcinea a Don Quijote por Paco el manchego
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Angustiada y consternada del dolor producido por sus continuas habladurías, vuelvo a suplicarle con queja, el quebranto de la causa que me devora. Por la esposa de su escudero Sancho, conozco las demasías de cuanto en desfavorecida corriente me va arrastrando al fango. Donde ya no sé quien soy, en mi tierra parda manchega. En agilanderos y torras, cantan bien de mañana coplillas los gañanes en la besana, soy puesta en fama, de mí murmuran en calles y plazas, de mí pleitean vanas esperanzas, con amores que no me rozan ni atañen. ¿Por qué señor Don Quijote, no varía su corazón a otro lugar de la Mancha y se olvida del Toboso? Son injurias de mal agüero, desvaríos de la locura más grande habida. Ha perdido las riendas y jamás encontrará el camino que lo encuadre en buena razón y juicio sano. No puede ser de noble caballero, ir sembrando semilla si no existe tierra donde cosecharla. Es como esperar el eco de un gañan en el Valle Alcudia, ver hervir las aguas frías de las lagunas de Ruidera o sembrar esperanzas tuerzas y esperar verlas derechas. Para que no olvide y tenga presente en sus oraciones, ruegote señor don Quijote, medite el perjurio con que me injuria y desfavorece. Por si mi juventud, debe comprender si me permite, aspire a mozos de más o menos mi edad y no un carcamal engendrado en la perversión de una moza manchega. Y aun sin deber ser confirmado por mí, soy de buen ver y mejor hacienda. Que no se equivoquen los sabihondos menguados de imaginación, dándome fama perversa. Y no es el cura del Toboso, ni nadie en el mundo quién impida nuestra unión. Si no yo... Y mi virtual personalidad femenina. La artimaña con que me seduce, pese a ser sin vernos jamás y sin mirarnos a la cara, es indecorosas. La forma de seducirme y tener fe ciega en su sin razón, envenena más las penas y endurece mi corazón. Dulcinea del Toboso |