Igual que el sol desde Navidad a San Juan, los murcianos de pro y también los que, aún siéndolonos sentimos más del mundo mundial,seguimos aumentando nuestro I.M.C. (Indice de Masa Corporal).No sabemos, o sí,muy bien por qué. Pero no conseguimos controlar nuestro peso de forma natural. Al parecer según encuestas recientes uno de cada dos murcianos es obeso.(Diario La Verdad de Murcia 11/5/05)
Sin embargo, aunqueotros índices nos digan que vivimos mejor que nunca,sigue subiendo el temido I.M.C. y con él la ansiedad y con ella las ganas de escapar a ninguna partede la nevera y no por el calor de estos días;que ya lo predijo Moisés en el Levítico, hace 3.500 años,cuando anuncióque llegaría el día, en que huiríamos a ninguna parte sin que nadie nos persiguiera, si de vez en cuando no restituíamos la cosas a su sitio(Lev.23-24).
Nuestro cuerpo, desde un cierto equilibrioprimaveral, inició hace tiempo una empinada ascensiónpara llegar sin desearlo, a lo más alto: a lahipertensión, a la hiper-infelicidad,al hiper-consumo, y con éla la obesidad. Todo elloen una curva ascendente tan empinada e insensata que pronto, muy pronto como avionescon fuerza de ascenso limitada en cielos sin límite, entraríamos en pérdida irremediableque propiciaría la caída en barrena desde las felices alturas de primaveras deconsumo incontrolado hasta los bajos fondos depanderetas y zambombas navideñas,con el mismo mosqueo de los pavos de mi abuela al oír los sones de santa Lucía, anunciándoles yala pronta llegada de lanoche más larga y el más corto día de sus vidas.Todo ello sin haber pasado nipodido ver y menos oler la fragancia de las blancas rosas de los mayos o la pólvora y el fuego de las hogueras en lasnoches de San Juan, nilos toros de San Fermín acordándosedel Santo que les hizo correr entre el populacho ebrio de sol, juerga y alcohol; o la llegada de las vírgenes de agosto trayéndonos sus particulares Ferias de Septiembre;ni habernos podido balancearen octubre de puente a puentehastanoviembre volando en lo alto de hojas de otoño al viento, desde las que ver agrupados a su grupa la llegada delanciano invierno de blancos cabellos planeando como saturno alado sobre empavonadasmesas de nochebuenahastacaer rendidos en los brazos del más corto día de la Navidad .
Nos han querido vender la moto del bienestar como algo estable que se puede comprar y guardar en el armario de nuestras ilusiones. Que una vez subidos en la moto del progreso, seguros y confortables, podríamos estar siempre bien. Lamentablemente no nos explicaron nuncacon la verdadera efectividad de los anuncios de la tele,que éramos más bienmuñequitos“pinypones”, y que el bienestar no era un estar cómodamente bien haciendo siempre lo que nos gustara, como los pines sin pones que nos contarannuestros abuelosque eran toda la vida los ricos de su tiempo, antes de que gota a gota fuesen desapareciendo como cumplidas venganzas de pobre tiradaspor briosos corceles empanados enrigurosos ocasos de luto.
No se atrevieron aexplicarnos con la convicción necesaria al caso que el bienestar era un inestable equilibrio entre el malestar y el estar bien yconvenientemente ante la vida. No nos intentaron convencer con el fervor y frecuencia de los anuncios navideños de la tele que lo conveniente no siempre era lo bueno, ni lo bueno siempre conveniente. Quizás algún día nos ponganla publicidad que no escamotearon y aún nos queden ganas para dejarnos convencerde la necesidad de subirnos a la moto delser y estar no siempre bien ni maly sentados sobre sus inestables grupas, nos permita sentir en nuestras narices la fresca brisa de la vidacomosalvaje frescor de limones del caribe entrando hasta lo más profundo de nuestros corazones, aunquemientras y gota a gota, lujosos negros mercedes con puro en ristre no adelanten aún sin presentarnos sus intermitentes respetos.