
Unamuno afirmó que los países que mejor habían comprendido Don Quijote fueron Inglaterra y Rusia. Es cierto que en el país eslavo gozó de un gran prestigio, difusión
y Nabókov, por citar solamente influencia literaria. Cervantes está presente en Alejandro Pushkin, Gógol, Turguéniev, Dostoievski, Bulgákov a algunos de los grandes. En cada biblioteca rusa era uno de esos libros imprescindibles, ya en francés, ya en la traducción desde el francés hecha por el prerromántico Zhukovski. Por entonces se entendía al protagonista como un personaje caricaturesco, pero pronto asomó la interpretación germánica. Pushkin animó a Gógol a emprender una obra narrativa de gran aliento a la manera de Cervantes, y éste compuso Almas muertas. Turguéniev en su conferencia Hamlet y Don Quijote compara al reflexivo e irresoluto Hamlet con el irreflexivo y arrojado Don Quijote, y encuentra la nobleza en ambos caracteres. Fiódor Dostoievski imitó la novela que nos ocupa en El idiota, cuyo protagonista, el príncipe Mishkin, es tan idealista como el héroe manchego y escribió en su Diario de un escritor que "ya no se escriben libros como aquél. Veréis en Don Quijote, en cada página, revelados los más arcanos secretos del alma humana". Los poetas del Simbolismo ruso, sobre todo Fiódor Sogolub, experimentan la seducción por el mito de Dulcinea. Mijaíl Bulgákov adaptó con originalidad la obra en su pieza teatral El maestro y la margarita. Entre todos estos cervantistas, parece la excepción Vladímir Nabókov, que en su Curso sobre El Quijote demuestra una gran incomprensión de la obra.
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