Tirso de Molina (1583 - 1648)
Nacido en Madrid, su nombre auténtico es Gabriel Téllez, siendo Tirso de Molina un pseudónimo adoptado. A los dieciséis años ingresa como novicio, profesando a los veintiuno en los mercedarios, orden en la que ocupará distintos cargos. Varias veces fue condenado al destierro o recibió la prohibición de escribir obra alguna de teatro, todo ello motivado por envidias de rivales literarios o políticos.
Sus obras son una excelente representación del mundo de su época, de las costumbres, de la vida. En especial acierta en el retrato femenino, personajes a los que dota de una fuerte carga psicológica. Su temática abarca desde obras religiosas ("Santa Juana, La mejor espigadora, El colmenero divino, El laberinto de Creta), enredos amorosos (El vergonzoso en palacio, Marta la piadosa, Don Gil de las calzas verdes, La gallega Mari-Hernández) o escritos de mayor calado y hondura como El burlador de Sevilla y Convidado de piedra o El condenado por desconfiado.
El burlador de Sevilla y El condenado por desconfiado son las dos obras magistrales, por las que Tirso de Molina es conocido, aunque parte de la crítica ha negado que ambas fueran suyas.
El Burlador de Sevilla es la principal fuente de una tradición literaria internacional, la del mito de don Juan, a la que pertenecen numerosas obras de gran altura, a menudo extraordinarias, desde la España del siglo XVII hasta la Inglaterra de nuestros días. En efecto, con la figura de don Juan creó Tirso en El Burlador de Sevilla el carácter literario que ha tenido mayor resonancia en la literatura universal, pues desde entonces no ha habido pueblo ni época en la que no se tratara de darle una nueva forma y expresión a este carácter. En España reaparece el personaje en el siglo XVIII en la comedia No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague o El convidado de piedra, de Antonio Zamora; y en el siglo XIX en Don Juan Tenorio (1844), de José Zorrilla. Con la particularidad de que estas tres comedias españolas sobre el mismo personaje resolvieron de una manera distinta el problema teológico, pues mientras Tirso condena al burlador y Zorrilla lo salva, redimido por el amor de Doña Inés, Zamora deja incierto su destino.
La influencia del tema y del carácter de Don Juan fue también notable en las literaturas extranjeras, tanto en el drama como en los otros géneros literarios. En el drama y poesía merecen destacarse por su interés: en Francia, Le festin de Pierre, de Moliére (1622–1673), el Don Juan puesto en verso por Tomás Corneille (16251709), y Don Juan de Mañara de Alejandro Dumas (1802–1870), padre; en Inglaterra, Don Juan de lord Byron (1788–1824); en Italia, El disoluto de Goldoni (1707–1793) y el libreto de Da Ponte utilizado por Mozart (1756–1793) en su ópera Don Giovanni; en Portugal, el poema La muerte de Don Juan (1874), de Guerra Junqueiro (1850–1923); y más modernamente, Bernard Shaw con su Don Juan en el infierno.
El trasfondo intelectual de El condenado por desconfiado fue una acalorada y sutil polémica teológica, conocida con el nombre de la controversia De auxiliis, que sostuvieron los molinistas (los jesuitas seguidores de Luis de Molina) contra los bañecianos (los dominicos seguidores de Domingo Báñez) sobre la naturaleza de la gracia divina, los medios en que puede ayudar al hombre a la salvación y el grado en que los hombres pueden con su libre albedrío cooperar con Dios para conseguir salvarse.
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