Miguel de Cervantes Saavedra (1547 - 1616)
Para la mayoría de los lectores de entonces y de ahora, Miguel de Cervantes es, simplemente, el autor del "Quijote" (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1605 y 1614). Sin embargo, Cervantes escribió a lo largo de su vida numerosas obras y cultivó variados estilos.
Antes de escribir su obra maestra, Cervantes había experimentado la novela pastoril con La Galatea (1585), una continuación del género ya establecido en España por Montemayor y Gil Polo. Hasta la publicación de la primera parte del Quijote dedica su tiempo al género dramático, publicando y representando muchas comedias, entre las que cabe destacar Los tratos de Argel y La destrucción de Numancia, tragedia con pretensiones neoclásicas, con intervención de personajes simbólicos, aunque débil de estructura y lenguaje.
Finalizado la primera parte del Quijote (1605), publicó las Novelas Ejemplares (1613).Si Cervantes no es un buen autor dramático, en cambio, sus narraciones cortas o "Novelas ejemplares", doce en total ("La gitanilla", "Rinconete y Cortadillo", "El Licenciado Vidriera", etc.), constituyen un modelo formal de un tipo de narrativa con fines morales y educativos, ofreciendo asuntos tan variados como lo pastoril, los viajes, los sentimientos, lo picaresco, etc. El Quijote fue muy leído, pero en su tiempo Cervantes ejerció una influencia mayor con sus Novelas ejemplares, que naturalizaron la novela italiana en España.
En 1615 publicó la segunda parte del Quijote y Ocho comedias y ocho entremeses nuevos (1615) - muy vivos, al estilo de Lope de Rueda ("El rufián viudo", "El juez de los divorcios", etc.). La mayoría de las comedias tratan de los conocidos temas del cautiverio argelino ("El gallardo español", "Los baños de Argel" y "La gran sultana"), y de Orlando de Ariosto (El laberinto de amor) o contienen variaciones sobre el tema del pícaro ("Pedro de Urdemalas" y "El rufián dichoso"), escritas entre preceptos clasicistas y libertades lopescas.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1605 y 1614
Sin duda alguna, el Quijote es la obra cumbre de Cervantes y de la literatura española de todos los tiempos. La novela que comienza siendo una parodia de un género literario, los libros de caballería, se irá haciendo más compleja en su estructura. No obstante, es una obra abierta, con mezcla de elementos reales y fantásticos, que conjuga un lenguaje grotesco y artificioso con otro elegante y clásico. En definitiva, se trata de una novela basada en el contraste existente entre el ideal caballeresco de la sociedad de su época y la realidad que el mismo Cervantes sufrió.
Hasta el siglo XVIII el Quijote sólo fue visto como la obra maestra de la comicidad, sin concienciarse de la trascendencia de la obra. La crítica cambió a partir del siglo XIX. Los románticos vieron al Quijote como una obra patética, defensora de ideales aplastados por la chata realidad.
Hoy los críticos parecen estar de acuerdo en detectar en la obra de Cervantes elementos medievales (sobre todo, el espíritu heroico) al lado de componentes modernos, muy ligados al erasmismo. Pero sobre todo se subraya la trascendencia de la coyuntura histórica en la que se inserta.
Abellán ha insistido últimamente en las connotaciones barrocas de la obra. Desde el punto de vista estético, el mismo planteamiento del Quijote como obra de arte obedece a una tendencia barroca que se observa en múltiples aspectos. El más evidente es la polaridad Don Quijote – Sancho que se extiende a lo largo de toda la obra, donde el primero representa el idealismo y el segundo el realismo, sin que en ningún momento lleguen a un compromiso o mutuo entendimiento, ni siquiera cuando al sanchificarse el uno y quijotizarse el otro parece que debían llegar a un punto de convergencia.
Precisamente, es este antagonismo barroco –nervio de toda la obra– el que explica todos los opuestos que aparecen constantemente: ser–parecer, realidad–fantasía, locura–cordura, drama–comedia, sublime–grotesco, etc... En cuanto al problema de más alcance, el del conocimiento de la realidad y del sentido de la vida dice Angel del Río–, la solución del Barroco contrarreformista español es la del desengaño: la que veremos en Quevedo (el mundo como pesadilla), la de Calderón (el mundo como teatro o sueño, cosas fingidas) o la de Gracián (el mundo como engaño, cueva de la nada). Tras de todo lo cual está la realidad verdadera, la de la otra vida, y la gloria perdurable que el hombre tiene que conquistar con su voluntad, ayudado por la gracia divina.
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